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EL LEGADO

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“Legar a nuestros hijos y nietos la afición por una actividad tan antigua y desafiante como es la cacería deportiva, es darles la oportunidad de descubrir y disfrutar de la naturaleza, admirar y respetar la vida salvaje, y que aprendan, de nuestro propio ejemplo, los más nobles valores éticos y humanos, para que ellos a su vez, los puedan transmitir a las siguientes generaciones”

Es muy probable que la habilidad para sobrevivir en un paraje salvaje y peligroso, de conocer los movimientos de las presas, aprender a acecharlas y abatirlas con una primitiva arma, fuera parte importantísima de los conocimientos transmitidos de padre a hijo y de generación en generación a través de miles de años desde el origen mismo del ser humano; estos conocimientos fueron sin duda, una pieza clave para su supervivencia y la posterior colonización de extensos territorios, haciendo del hombre en pocos miles de años la especie dominante del planeta. El arte u oficio de la cacería, como una valiosa herramienta y tradición, aun prevalece en muchos lugares apartados de la civilización y sigue siendo transmitida de padres a hijos, formando la base del sustento familiar y su supervivencia.

El sustento diario del hombre moderno y por tanto de los pobladores de las grandes ciudades aún se basa en el aprovechamiento de muchas especies animales que han sido domesticadas y se utilizan como alimento, o son obtenidas de los ricos mares.

Las cifras de los animales sacrificados diariamente en el mundo para lograr el sustento del ser humano y su crecimiento irracional, son escalofriantes; sin embargo, el trabajo “sucio” de matar y desmembrar a estos indefensos animales es llevado a cabo por una ínfima parte de la población humana; para el resto, basta simplemente con no querer admitirlo o pensarlo y cerrar los ojos, entrar a un mercado o un autoservicio moderno y hacerse de todo tipo de productos derivados de estas masivas y muchas veces crueles matanzas, cuya carne es procesada y empacada en atractivas envolturas para no distinguir ni la forma ni el semblante del animal.

La habilidad para perseguir, huellear y cazar animales salvajes y libres en su propio terreno, y el conocimiento de sus movimientos y comportamiento han sido relegados al olvido por la gran mayoría de seres humanos; controversialmente, el poseer el gusto por esta innata y ancestral actividad en el hombre “moderno” es duramente criticado por estas mismas personas, que no tienen empacho en comprar los despojos de las incesantes matanzas de indefensos animales llevadas a cabo ocultamente por sus …. “proveedores de alimento”.

La cacería tradicional y deportiva, aunque tristemente cada vez con menos adeptos, aún es llevada a cabo por muchas familias, y la transmisión de estos conocimientos a las generaciones venideras forma parte esencial de la tradición y unión familiar y la sana convivencia entre padres e hijos dentro de un marco natural en parajes que aún se conservan salvajes y prístinos.

Hace 2 años tuve el privilegio, no solamente de intervenir como organizador y guía profesional, sino también de presenciar como un abuelo, un padre y un nieto compartían juntos una increíble aventura, la primera cacería de venados del nieto y la última del abuelo, conviviendo y cazando uno junto al otro, salpicada esta de enseñanzas y consejos, compartiendo esta aventura como íntimos compañeros de cacería.

Los integrantes de la familia Urquiza Martínez de Querétaro han sido asiduos cazadores por 5 generaciones; la cacería de pluma y pelo, la cetrería, la pesca y el entrenamiento de perros han formado parte de las actividades familiares por mucho tiempo. Me contactó Fernando Urquiza Martínez, deseaba llevar a su hijo Joaquín de 10 años a su primera cacería de venados Colablanca, lo acompañaría en calidad de padrino su abuelo, Fernando Urquiza F. de Jáuregui; tanto el abuelo como el padre, 3ª y 4ª generación de avezados cazadores vivieron una experiencia similar juntos. Les recomendé el rancho “La Leona”, en el municipio de Anáhuac, Nuevo León, pues mantiene un hato de venados considerable, con machos de buena calidad y muy numerosos.

Fue una sorpresa para mí la familiaridad que tenía ya Joaquín con las armas, y la paciencia y aplomo que mostró durante las duras jornadas; habiendo cazado ya algunas piezas de cacería que incluía un ciervo rojo, contaba ya con algo de experiencia y una excelente puntería.

Los primeros 2 días nos dedicamos a buscarle un buen ejemplar, no creímos conveniente que durante su primer intento lograra una pieza demasiado espectacular, pues en cacerías posteriores se sentiría obligado a mejorar la marca, y esto le podría causar estrés y desesperación, pues un cazador que siempre intenta superar su último trofeo o lo logrado por sus compañeros, no disfruta realmente la verdadera esencia de la cacería deportiva, pues el balance final de lo experimentado durante toda la cacería no debiera medirse con la cantidad ni con el tamaño de las presas, sino con la satisfacción de haberlo realizado, aún sin haber logrado abatir un ejemplar demasiado bueno o mejor que el de los compañeros.

Estando los tres cazadores juntos, vieron a un venado que cumplía muy bien las expectativas de Joaquín; después de observar con gemelos al venado decidieron que era una buena pieza como su primer venado. Apuntando cuidadosamente al codillo, Joaquín calmadamente soltó el tiro, el venado de un brinco se perdió entre el monte, herido de muerte con el certero disparo calló abatido a poca distancia. Acudí a su llamado por radio y los encontré ya junto al venado, un buen macho de 8 puntas, le sacamos varias fotos y regresamos con el venado a la casa. Siguiendo la tradición, Fernando papá hizo el bautismo de sangre en la frente de Joaquín, repitiendo, “Por el tigre, el León y el venado, ….. para que para siempre se te quite lo salado”.

El siguiente venado le correspondió al abuelo Fernando, con muchos venados en su haber; el había visto un buen ejemplar cruzando un claro cerca de una brecha, lo buscaron al día siguiente y lo vieron nuevamente, esta vez viniendo en su dirección, un tiro un poco bajo impactó en la pata delantera, acudí al lugar para auxiliar en la búsqueda del venado, finalmente tras un difícil rastreo lo pudimos rematar, este era un ejemplar de 4 ½ años de 9 puntas que ya había avistado por esa zona, Fernando el abuelo estaba feliz de haber logrado tan buen trofeo, los tres compartieron con mucha alegría ese momento y tomamos buenas fotos con los tres cazadores.

Aún quedaba pendiente lograr un buen venado para el padre de Joaquín, sabía que este nos daría más trabajo, pues Fernando intentaría cazarlo con un arco. Yo quería que la cacería culminara con un buen ejemplar de venado, en semanas anteriores había visto varios machos buenos deambular por una parte montosa siguiendo una oculta vereda que cortaba la esquina de un claro. Para acechar en sus dominios al experimentado macho y sorprenderlo a poca distancia, debía construir un escondite de ramas donde Fernando pudiera tener una buena oportunidad; cuidadosamente elegimos el mejor lugar, tomando en cuenta por donde arribaban los machos y cuidando que el aire estuviese a nuestro favor tanto por la mañana como en la tarde, construimos un buen escondite con ramas de varios arbustos, cubriendo aquí y allá hasta que ambos estuvimos satisfechos con nuestro trabajo; teníamos la certeza que ese venado pasaría tarde o temprano por ese sitio. El éxito dependía de la determinación y perseverancia de Fernando. Por dos días se apostó prácticamente desde el amanecer hasta ya caída la noche, esperando pacientemente una oportunidad sin que apareciera el macho elegido.

Su persistencia fue premiada al 3er día; amaneciendo arribaron varios machos, caminando entre ellos venía el ejemplar que queríamos, un buen macho de 5 ½ años de 11 puntas con gruesas bases y aperladas astas. Encendiendo la cámara de video colocada en un tripié, Fernando se dispuso a esperar a que se colocara a tiro, un pequeño montón de maíz tras un bajo arbusto debía atraerlo ocultando su visión al agachar la cabeza, finalmente lo tuvo en buena posición a unos 25 pasos; disparando un poco bajo para la distancia en que estaba el macho, la flecha pasó zumbando por debajo de su vientre, cortando ligeramente la piel y levantando una nube de pelos sin herir al animal.

Este levantó sorprendido la cabeza, volteando a todos lados, tratando de descubrir que había sido ese ruido y que fue lo que pasó zumbando bajo su vientre, sin descubrir el escondite en donde Fernando nerviosamente se preparaba para hacer otro tiro. Difícilmente se tiene la oportunidad de tener a un venado de esa clase a una distancia tan corta, mucho menos rozarle el vientre y que nos dé una segunda oportunidad; esta vez Fernando corrigió la trayectoria de la flecha e impactó al venado, herido de muerte, el venado hizo una cabriola y se perdió en el monte.

Esperando que pasara un tiempo Fernando me llamó por radio para avisarme, llegué con el abuelo y el nieto y procedimos a rastrear venado, lo descubrimos a unos 50 metros del lugar en donde estaba al momento del tiro, era un excelente macho, los tres estaban felices, la satisfacción de Fernando se apreciaba en el cansado pero satisfecho rostro.

Tomamos una gran cantidad de fotos, las que perdurarán seguramente en la memoria de Joaquín por toda su vida, y seguramente las enseñará a sus hijos y nietos, contando la aventura que su abuelo, su padre y él habían vivido juntos.

La cacería había sido muy exitosa, todos habían logrado cazar un buen ejemplar de venado; en una ceremonia muy emotiva, el abuelo puso con lágrimas en sus ojos, el rifle con el que tanto él, como su hijo Fernando habían abatido también su primer venado; completando de esta manera un ciclo más, transmitiendo a la siguiente generación el amor por la cacería del venado Colablanca, para muchos, la aventura más hermosa.

Alejandro González de Cossío S.

Revista “Gran Safari” artículo # 11

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