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Ningún cazador quisiera enfrentarse a un largo y difícil rastreo, todos tenemos la esperanza de lograr una muerte rápida y sin sufrimiento para los animales que cazamos. Pero también sabemos que algunas veces sucede lo inevitable; aun siendo excelentes tiradores de rifle o arco nuestra bala o flecha puede errar el blanco y herir a nuestra presa fuera de los órganos vitales.
Los cazadores debemos estar conscientes que la habilidad de rastrear a un animal herido debe ser una de muchas fases involucradas en la cacería deportiva, cada fase que logremos dominar determinará que tan eficientes somos como cazadores y que grado de habilidad poseemos.
Debemos ser buenos exploradores, habilidosos en el monte, conocer los movimientos de nuestras presas, ser eficientes con nuestras armas; y por último, saber cómo recobrar nuestra presa después del disparo; una vez que el cazador ha disparado tiene la responsabilidad ética de hacer todo lo posible por recobrar su presa.
Este tema merece especial atención no solo por parte de todos los cazadores de rifle o de arco, sean veteranos o novatos, sino de cualquiera que pretenda hacer de la cacería deportiva y ética su modo de vida.
Es importante entender y diferenciar las heridas hechas con un arma de fuego y una flecha, en el primer caso el impacto de una bala produce una fuerza de choque expansivo, produce grandes daños a arterias, hueso, tejido y órganos, las navajas de una flecha solo dañan por corte tejidos, arterias y órganos sin provocar un daño tan masivo como el impacto de una bala.
El poder de choque de una bala al golpear huesos y músculos a menudo tumba al venado aun sin haber sido tocada su paleta o sus órganos vitales. En ocasiones la onda de choque hace que el venado entre en shock y permanezca por algún tiempo inconsciente, este shock temporal puede a menudo costar su presa al cazador; hay anécdotas de venados dados por muertos que ante algún estímulo reaccionan y salen huyendo, aun después de haberlos subido a la caja de la camioneta o haberse tomado algunas fotos el cazador con su “supuesta” presa.
Algunos cazadores se impresionan y tienen el concepto que el impacto de una bala supera en gran medida a las heridas causadas por las filosas navajas de una flecha de cacería, sin embargo estas últimas producen en los órganos vitales del venado enorme daño y hemorragias tremendas que igualan la efectividad de cualquier calibre de rifle.
Se puede asumir que un venado ha sido herido de muerte si logramos ver que cae o se echa rápidamente después del tiro, aun así, hay que seguir observando al animal para ver cuál será su próxima reacción.
Muchas veces el venado se echa cuando ha sido herido en el hígado, intestinos o en el estómago. Sin embargo, en ocasiones he visto venados que presentaron heridas muy leves echarse a pocos metros de donde fueron heridos, sobre todo cuando fueron heridos por las filosas navajas de cacería de una flecha o nunca descubrieron al cazador.
Hace apenas una semana regresé a Querétaro, en compañía de mis amigos, el ganadero Fernando de la Mora, mis compañeros arqueros el Ing. Andrés Galán y Alfredo Solórzano, de una maravillosa cacería de venados Cola blanca en el rancho de nuestro gran amigo en común, el Ing. Fausto Cervantes Elizondo en Anáhuac, Nuevo León.
Decir que fue maravillosa es poco, realmente lo gozamos, pudimos observar mucho monte, mucha fauna y excelentes venados, los largos recorridos por el rancho fueron salpicados por momentos de mucho convivio y alegría. Por las noches sostuvimos amenas pláticas y contamos innumerables anécdotas de viejas y memorables cacerías, que entre los 4 en conjunto, sumaban más de 150 años de experiencias vividas cazando venados; todo, sentados cómodamente con una fría cerveza en las manos y alrededor de una crepitante y nutrida fogata, oliendo el delicioso aroma de un cordero asándose lentamente en las brasas, cuidado celosamente por nuestro amigo y cocinero de profesión, Enrique Escamilla de Madrid, Coahuila.
El tema de este artículo viene a colación precisamente por esta cacería, en donde tuvimos que lidiar con un venado que fue herido, no señalo quién de nosotros le disparó, pero si diré que fue muy desagradable para todos que esto sucediera, pues si de algo nos preciamos es de siempre tener cuidado y respeto por el sufrimiento de los animales que cazamos, pero como lo señalé al principio, no siempre salen las cosas como quisiéramos.
Como he contado en algunos artículos anteriores, a nosotros, todos mayores de 60 años, no nos tocó la cacería de blinds y brechas, de hecho ya no cazamos venados, y si decidimos cazar alguno tratamos de tener el máximo cuidado al tirarle, esta vez vimos, desde la torreta de una camioneta en la que paseábamos por el rancho, un buen venado que trepó a una loma y se paró, justo al tirarle, alguien se movió dentro de la camioneta y el tiro no tuvo la debida precisión. Es en estos momentos, en donde entra en juego la experiencia y la observación de la presa, todos los datos que podamos recolectar de las reacciones del venado y lo que hace, como su reacción al tiro, el modo en que camina, hacia donde se dirige, y en qué punto lo vimos por última vez nos darán la pauta para poder tener una razonable oportunidad de dar con él.
Al tiro, el venado se mantuvo inmóvil, sin embargo se oyó claramente el ruido del impacto de la bala en el venado, el “botonazo” como se suele describir el golpe sordo, parecido a un tamborazo, que se escucha justo después del tiro.
En seguida el venado camino unos pasos y rodó al suelo levantando las patas en el aire, todos creímos que no volvería a levantarse, nos sorprendió ver que se levantara otra vez, lo seguí filmando con la cámara y pude ver que cojeaba visiblemente de la mano izquierda, los siguientes 2 tiros no impactaron en el blanco, y el venado se perdió detrás de un macizo de chaparros prietos cuya silueta sobresalía en el borde alto de la loma. Tomé como referencia estos arbustos y rodeamos con la camioneta para acercarnos a la loma un poco más, el tiro había sido largo, unos 250 o 300 metros. Tratando de no perder la referencia mientras nos movíamos, bajamos de la camioneta Alfredo, Ángel, Fernando y yo, y comenzamos a subir por la ladera. La loma en donde había visto por última vez al venado estaba muy cerrada por monte alto y muy pedregosa, al llegar a la mesa arriba perdí toda referencia, eran las 3:40 pm cuando comenzamos a buscar al venado, después de algún tiempo me acerqué al borde de la loma para tratar de localizar desde donde se le había hecho el tiro al venado, me ubiqué mejor y comencé a subir por donde había subido el animal, casi di de bruces arriba de él, saltó de donde estaba echado en una explosión de brusquedad y furia, pasó a escasos metros de mi y se perdió en un instante entre el cerrado monte, si no lo hubiera casi pisado, no habría salido de su escondite, vi un pequeño charco de sangre en el lugar en donde se echó, Fernando lo alcanzó a ver pero estaba yo entre él y el venado y no pudo tirarle.
Comenzamos a rastrearle, al principio el destrozo de arbustos y las huellas de las pezuñas a toda carrera y algo de sangre hicieron el rastro relativamente fácil de seguir, pese a que no llevaba un rumbo recto, sino zigzagueaba y se metía entre lo más cerrado del monte, llevábamos unos 500 metros cuando perdimos el rastro, nos separamos y empezamos a cortar en semicírculos todos los senderos que se entrecruzaban, hay que ser metódico y tener mucha paciencia, tramo a tramo fuimos encontrando señales de ramas rotas, huellas del arrastre de la mano izquierda y pequeñas gotas de sangre en el suelo o en las arbustos a la altura de la paleta, vimos una línea de sangre que pintaba el contorno izquierdo de su pezuña, esta señal fue la que me permitió seguir el rastreo, el animal no daba signos de estar malherido o estar dispuesto a rendirse, no queríamos que se nos fuera la luz del día sin encontrar al venado, pero el rastro que seguíamos trabajosamente era casi imperceptible.
Después de unos 2 kilómetros rastreándolo nos alcanzaron Pablo el vaquero, su hijo y el otro vaquero Álvaro, logramos retomar el rastro por otros 3 kms más y vimos en donde cruzó el camino, ya no se veía nada pues empezaba a anochecer, dejamos una señal en el lugar y nos retiramos.
No tuve una noche tranquila pensando en el sufrimiento del venado, sabía que el venado estaba herido en la mano izquierda, no tenía aparentemente huesos rotos pues alcanzaba a apoyar la pezuña, presentía que no sería fácil encontrarlo.
Alejandro González de Cossío Septién